Gente que va, que viene, que pierde, que gana, que le gusta ganar, que le gusta perder. Gente que no puede olvidar y gente que se merece algo más que gente que se niega a recordar, gente nublada y lluviosa y de noche y de día, gente sola entre la gente.
Gente perdida, gente que se ofrece y gente que rechaza, que quiere sin saber querer y que se deja querer sin querer.
Gente, al fin y al cabo, entre la multitud silenciosa en los pasillos, cuando el día empieza a terminar.
jueves, 21 de octubre de 2010
jueves, 16 de septiembre de 2010
Puerta de embarque, Terminal B. 8:36 a.m.
El cielo gris plomizo asoma entre los amplios ventanales de la sala. Apenas queda ya nadie para ver cómo me aflojo el nudo de la corbata y me meto lo poco que queda del sándwich vegetal en la boca, mientras me sacudo las migas del pantalón. Hoy el color de mi traje hace juego con el del cielo, también con el de sus ojos, aunque prefiero no pensarlo y no volver a acceder a esa parte de mi memoria durante un rato. Su breve recuerdo me estaba matando y me resultaba difícil pensar en otra cosa en aquel aeropuerto enorme y lejano, en aquella mañana sucia e interminable, sin haber dormido y sin haberme afeitado, solo y callado mirando por las ventanas. Mi pobre y somnoliento cerebro buscaba mil excusas para volver a ella; la voz de la camarera, el pelo de la chica de la cola de facturación, el maldito cielo gris plomizo que no paraba de hacer juego con sus ojos. Su atardecer en mi recuerdo era lento; a veces, tras dar una cabezada, despertaba entre aliviado y con miedo de haber olvidado su rostro, pero para cuando me incorporaba el tacto de su piel y el cosquilleo de sus susurros en mi oído ya me habían conducido a tener una imagen nítida. Miré el móvil; aún quedaban tres horas para la salida del vuelo y habían pasado más de doce desde la última llamada que recibí desde Barcelona exigiéndome una presencia que yo ni quería ni podía ofrecer, más de seis horas en el aeropuerto y más de veinte desde su última llamada sentenciándome a un final incierto, que no era tan final y no era tan incierto con el paso de las horas de vigilia, y que se convertía en un mensaje hasta esperanzador con los breves ratos de sueño; solía despertar agarrado fuertemente al teléfono, como si contuviese los último pedazos que me quedaban de realidad junto a ella, constancia con precisión de minutos y segundos de que había sido tan real como fugaz. Esperé vagamente que la diferencia horaria que me separaba de Barcelona reajustase mi cerebro, que le diese una vuelta de tuerca más hasta que la rutina me volviese a calar, y que la luz del sol cambiase el color del cielo. Anunciaban mi vuelo. Me había vuelto a quedar dormido.
miércoles, 17 de marzo de 2010
Puerta de embarque, Terminal A. 4:03 p.m.
Caminé rápido entre la gente. Cuando la vi, desvié la mirada hacia la cola.
- Llegas tarde.
A veces las historias más largas terminan con frases cortas, pensé. La miré, cansado, maldiciéndome por haberla seguido, por darle la satisfacción de ser ella quien se despidiera de mí.
- Ya lo sé. Te he avisado.
- Eso no cambia el hecho de que llegues tarde- insinuó una sonrisa, como disculpándose por anticipado por la penúltima ironía.
- Bueno, pero podría no haber avisado.
- Eso tampoco hubiera cambiado nada. En realidad-avanzó un poco en la cola-las cosas no podían haber sido de otra manera.
Volví a tener la misma sensación de estar siendo los protagonistas de una mediocre obra de teatro. Por mi parte, no pensaba seguir encasillándome en el papel.
- Adiós.
- Llegas tarde.
A veces las historias más largas terminan con frases cortas, pensé. La miré, cansado, maldiciéndome por haberla seguido, por darle la satisfacción de ser ella quien se despidiera de mí.
- Ya lo sé. Te he avisado.
- Eso no cambia el hecho de que llegues tarde- insinuó una sonrisa, como disculpándose por anticipado por la penúltima ironía.
- Bueno, pero podría no haber avisado.
- Eso tampoco hubiera cambiado nada. En realidad-avanzó un poco en la cola-las cosas no podían haber sido de otra manera.
Volví a tener la misma sensación de estar siendo los protagonistas de una mediocre obra de teatro. Por mi parte, no pensaba seguir encasillándome en el papel.
- Adiós.
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