jueves, 16 de septiembre de 2010
Puerta de embarque, Terminal B. 8:36 a.m.
El cielo gris plomizo asoma entre los amplios ventanales de la sala. Apenas queda ya nadie para ver cómo me aflojo el nudo de la corbata y me meto lo poco que queda del sándwich vegetal en la boca, mientras me sacudo las migas del pantalón. Hoy el color de mi traje hace juego con el del cielo, también con el de sus ojos, aunque prefiero no pensarlo y no volver a acceder a esa parte de mi memoria durante un rato. Su breve recuerdo me estaba matando y me resultaba difícil pensar en otra cosa en aquel aeropuerto enorme y lejano, en aquella mañana sucia e interminable, sin haber dormido y sin haberme afeitado, solo y callado mirando por las ventanas. Mi pobre y somnoliento cerebro buscaba mil excusas para volver a ella; la voz de la camarera, el pelo de la chica de la cola de facturación, el maldito cielo gris plomizo que no paraba de hacer juego con sus ojos. Su atardecer en mi recuerdo era lento; a veces, tras dar una cabezada, despertaba entre aliviado y con miedo de haber olvidado su rostro, pero para cuando me incorporaba el tacto de su piel y el cosquilleo de sus susurros en mi oído ya me habían conducido a tener una imagen nítida. Miré el móvil; aún quedaban tres horas para la salida del vuelo y habían pasado más de doce desde la última llamada que recibí desde Barcelona exigiéndome una presencia que yo ni quería ni podía ofrecer, más de seis horas en el aeropuerto y más de veinte desde su última llamada sentenciándome a un final incierto, que no era tan final y no era tan incierto con el paso de las horas de vigilia, y que se convertía en un mensaje hasta esperanzador con los breves ratos de sueño; solía despertar agarrado fuertemente al teléfono, como si contuviese los último pedazos que me quedaban de realidad junto a ella, constancia con precisión de minutos y segundos de que había sido tan real como fugaz. Esperé vagamente que la diferencia horaria que me separaba de Barcelona reajustase mi cerebro, que le diese una vuelta de tuerca más hasta que la rutina me volviese a calar, y que la luz del sol cambiase el color del cielo. Anunciaban mi vuelo. Me había vuelto a quedar dormido.
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